(Artículo redactado por el Mg. Luis Augusto Venegas Gandolfo)
Hay películas que no pueden estar en un solo género. Van más allá de lo gótico y la fantasía, para tocar una fibra tan sensible que todos llevamos dentro. Entre aquella neblina de ficción y crudeza de la realidad, existe un arquetipo que podría llamarse el personaje «lunar». Aquella figura que, inmediatamente, identificas con la noche solitaria, con el silencio, y con la que puedes identificarte en los momentos más vulnerables y profundos de tu vida.
El Joven Manos de Tijera (Edward Scissorhands) es mucho más que un cuento de hadas moderno; es el corazón y el inicio de la mitología de Tim Burton. Aquel discurso de los seres incompletos que, paradójicamente, poseen un corazón mucho más lleno de sentimientos que aquellos que dicen ser «normales».
Hace un buen tiempo atrás, cuando realicé una investigación que se convirtió en mi tesis de licenciatura, me sumergí en la mente del director (entre libros y entrevistas) y encontré algo revelador: Edward no nació como un guion de Hollywood, sino como un dibujo solitario de la adolescencia de Burton. Era la representación gráfica de su propia incapacidad para comunicarse; un chico mudo que quería tocar a los demás, pero tenía miedo de lastimarlos o ser lastimado. Esa representación de un joven con cuchillas largas y afiladas en lugar de dedos humanos permaneció en su cabeza durante años, esperando el momento justo para salir a la luz.

El proyecto nace de esas fantasías sobre la incompletitud (tanto física como interna; o quizás lo físico era el reflejo de lo interno). Así nace Edward: una especie de autómata con alma, un robot gótico que se queda abandonado en la oscuridad de un castillo tras la muerte repentina de su creador, interpretado por el legendario Vincent Price, aquella voz de terror en tiempos pasados.
Recordando un poco más mi investigación, había descubierto que Johnny Depp no fue la primera opción. Considerando al estudio, que siempre busca un éxito comercial seguro, hubo nombres rondando para el papel como Tom Cruise o Gary Oldman. Con Cruise, el proceso fue difícil pues pedía un final «más lógico» y feliz, rompiendo con el canon de aquella poesía de la tristeza. Por otro lado, Oldman rechazó el papel al principio por no sentirse identificado con el mundo que estaba creando Burton en ese entonces. Hasta Michael Jackson (sí, el rey del pop) mostró interés en el rol. Pero fue Depp quien, buscando desesperadamente alejarse de su imagen de «ídolo juvenil» de la serie televisiva ‘21 Jump Street’, leyó el guion y hubo una conexión tan intensa que hasta lágrimas hubieron.
Según Depp, «la musa» de Burton, el personaje tenía mucho del director en su mirada. Al conocer a Tim, Depp vio a la criatura en él; entendió la lógica del dolor oculto y la timidez. Desde ese momento, la dupla Burton-Depp se volvió inquebrantable, comunicándose casi sin palabras, igual que Edward.

La genialidad de este largometraje radica en su choque visual, un aspecto que siempre me ha cautivado. Burton nos presenta un contraste brutal y narrativo: por un lado, tenemos el castillo gótico, una estructura expresionista alemán (como El Gabinate del Dr. Caligari), oscura, llena de polvo y telarañas, pero que para Edward es su hogar seguro. Por el otro, está el suburbio: una explosión saturada de colores pastel, césped perfectamente cortado y coches brillantes. Algo bastante perturbador porque todas esas casas eran idénticas.
Cuando Edward desciende a la ciudad, no solo baja una montaña; entra en un ecosistema alienígena. Vemos con ternura y dolor cómo intenta adaptarse, aprendiendo cosas que nunca había vivido. Para él, cada gesto es un descubrimiento. Intenta ser útil usando sus «manos» como herramientas artísticas (cortando el cabello a las vecinas, podando arbustos con formas de dinosaurios o esculpiendo hielo) en un intento desesperado por ser aceptado.
Recuerdo que mi hermana solía decir que ver a Winona Ryder con cabello rubio era lo más extraño de todo el filme, y no lo dudo. Aquel cabello tan «desubicado» y esa ropa impecable dejaban una sensación de rareza. Nada natural, pero supongo que era parte de las sensaciones que necesitábamos para entender ese mundo suburbano «perfecto» que, en realidad, resulta ser más cruel que el castillo embrujado. Las amas de casa aburridas y los vecinos chismosos acogen a Edward como una novedad, el fenómeno de circo, para luego desecharlo cuando su inocencia se vuelve incómoda, no adecuada para la realidad.
Esta creación de mundos, no pasó desapercibida para la crítica. La cinta fue reconocida por su excelencia estética, recibiendo una nominación al Óscar por Mejor Maquillaje y ganando el prestigioso premio BAFTA por su producción. Pero más allá de los galardones, su triunfo fue emocional y se ganó nuestros corazones.

Hay una escena que, como estudiante de audiovisuales, y como ser humano, me rompe el corazón cada vez que la veo: el momento en que Kim le pide que la abrace, y él, mirando sus afiladas cuchillas, responde con un susurro: «No puedo». Es la tragedia de la intimidad imposible. Dañaba y se hacía daño con esas afiladas cuchillas, culpa de un doctor «Frankenstein» que, a diferencia del clásico de Mary Shelley, sí amaba a su creación, pero que dejó el trabajo trágicamente inconcluso.
De ahí viene una aventura de «adaptación» con un final mucho más triste, como si hubiera sido un sueño fallido. Eso nos hace pensar que no todos los protagonistas cumplen sus objetivos tradicionales. Ya tenemos a Jack Skellington de ‘El Extraño Mundo de Jack’, que tampoco llega a tener un final feliz convencional. Nuevamente, la melancolía se alza como parte esencial de la cinematografía de Burton. Es la historia de un particular síndrome de pertenencia, de alguien que intenta formar parte de la sociedad y que finalmente opta por volver a ser un ser solitario para proteger a quien ama.
Podría arriesgarme a escribir que esta obra cinematográfica es el primer gran paso de todo lo que se avecinaba en el cine de autor de los 90s. Con el paso de los años, la película ha trascendido la pantalla para convertirse en un filme de culto. Ha influenciado profundamente a generaciones enteras, desde la subcultura gótica hasta cualquier adolescente que alguna vez se sintió «raro» en el patio del colegio. Es para aquello “marginados” como tú, como yo…

Yo aprecio aquella película por su honestidad. Nos enseñó que a veces la nieve no es solo clima, sino el recuerdo de alguien que sigue creando belleza desde la soledad, a lo lejos.
Una vez más puedo admirar este tipo de trabajos, que son difíciles de realizar frente a un mundo que va en constante cambio y que exige finales felices forzados. Acaso, ¿estamos convirtiéndonos en aquella sociedad aburrida, colorida por fuera, pero vacía por dentro? O quizás, en el fondo, luchamos por mantenernos como Edward: solitarios, únicos y con la capacidad de generar nieve, aunque nadie nos esté mirando.

Co-Fundador y Director de Exorcine. Profesional en Ciencias de la Comunicación. Redactor y Editor de Videos. Fanático del Cine de Terror





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