(Artículo redactado por el Mg. Luis Augusto Venegas Gandolfo)
Las Tortugas Ninja no son solo personajes de ficción; son marcadores temporales en mi vida. Todavía recuerdo la textura de mi primera figura de acción y la frustración de jugar el arcade original sin poder vencer ni al primer enemigo. La serie animada era el evento principal de mis tardes, con sus historias sencillas y ese desfile de mutantes que fascinaban a cualquier niño.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión fue Las Tortugas Ninja 2: El secreto del Ooze (Teenage Mutant Ninja Turtles II: The Secret of the Ooze, 1991). Lo curioso es que, en ese entonces, yo no sabía que existía una primera película. Para mí, esta segunda entrega fue el origen de todo: una explosión de cultura pop noventera que revolucionó mi mundo.
Como animador, hoy valoro esta película desde una perspectiva técnica fascinante. Las tortugas no eran CGI; eran proezas de la ingeniería de Jim Henson’s Creature Shop. Tras el éxito de la primera cinta, Henson perfeccionó los animatrónicos, logrando que las expresiones faciales de los actores de traje (Mark Caso como Leonardo, Michelan Sisti como Miguel Ángel, Leif Tilden como Donatello y Kenn Scott como Rafael) fueran mucho más fluidas y realistas. Para esta secuela, el equipo de Henson implementó el Computerized Animatronic Control System (CACS), permitiendo que cada cabeza de tortuga —un nido de cables y servomotores controlados por radio— transmitiera emociones mucho más complejas en sus ojos y bocas. Fue el punto máximo del animatronic antes de que la era digital lo cambiara todo; una mezcla de actuación física y tecnología que todavía hoy se siente «tangible» y mágica.

Debo, eso sí, confesar algo: nunca pude verla en el cine. Mi encuentro con los quelonios fue gracias a la televisión nacional los sábados por la tarde. Ver a esos cuatro guerreros haciendo piruetas y profesando una devoción religiosa por la pizza era hipnótico. La escena inicial es un sueño hecho realidad: Nueva York rindiéndose ante el queso fundido. Si hoy tengo una adicción declarada a la pizza, definitivamente se la debo a ellos. Sin embargo, su estreno en marzo de 1991 generó una reacción mixta. Aunque fue un éxito rotundo en taquilla recaudando con más de $78 millones en EE. UU., los críticos señalaron que el tono era demasiado ligero comparado con la atmósfera oscura de la entrega de 1990.
A diferencia del dibujo animado, la película se sentía «real». No había un Tecnódromo, ni un cerebro parlante como Krang. Debido a las quejas de padres por la violencia del primer filme, la acción —influenciada por el estilo de ‘Jackie Chan’— sustituyó las katanas y los sais por salchichas y tapas de basureros para suavizar los combates.
Eso sí, hay algo curioso que uno nota al crecer: mientras los ninjas del Clan del Pie se daban de golpes con las tortugas, el temible Tatsu (interpretado por Toshishiro Obata) se limitaba casi exclusivamente a mirar. Se quedaba ahí, con su pose imponente, viendo cómo sus subordinados fracasaban uno tras otro. ¡Un líder muy observador, por decir lo menos!

Pero, ¿Dónde quedaron Bebop y Rocksteady? Queríamos a los villanos clásicos, pero en su lugar recibimos a Tokka y Rahzar. Aunque los creadores Kevin Eastman y Peter Laird rechazaron a Bebop y Rocksteady por ser «demasiado tontos», terminamos con dos mutantes bebés que causaron el mismo caos.
Por supuesto, no podemos olvidar al imponente Super Shredder (o Super Destructor. No me acuerdo en realidad como se le llamó), interpretado por el luchador de la WWE Kevin Nash, cuya armadura de picos intimidaba hasta al fan más valiente, aunque su tiempo en pantalla fuera breve.
La trama nos presenta al Dr. Jordan Perry (el gran David Warner), el científico que custodia el mutágeno que Shredder busca desesperadamente. Entre la búsqueda de la verdad y las peleas, aparece el momento cumbre de la cultura pop de 1991: Vanilla Ice. Admitámoslo, no saberse la coreografía del «¡Go Ninja, Go Ninja, GO!» era un pecado capital en el recreo. Finalmente, la inclusión de este ‘Ninja Rap’ fue una estrategia de marketing agresiva que fusionó el cine con la música, convirtiéndose en un himno generacional.

Al final, El Secreto del Ooze nos dio a una nueva April O’Neil (Paige Turco) y al carismático Keno (Ernie Reyes Jr.) pero, sobre todo, nos dejó un cierre emocional que nos recordaba que la familia no siempre es normal.
Más allá de los efectos especiales, esta película representa esa chispa de asombro que me hizo amar la narrativa y el diseño. Hoy, cuando veo mis figuras en la estantería, no solo veo plástico; veo esas tardes de domingo donde cuatro tortugas me enseñaron que, con una pizza y buenos hermanos, se puede enfrentar cualquier desafío.

Co-Fundador y Director de Exorcine. Profesional en Ciencias de la Comunicación. Redactor y Editor de Videos. Fanático del Cine de Terror





0 comentarios